lunes, 14 de enero de 2013

Con las manos en la masa

 Ahora me ha dado por cocinarlo todo. Dulce, salado, chocolate... ¿Todavía queda alguien sin saber de mi enganche total al chocolate? Hasta oídos de los Reyes Magos llegaron mis deseos y me trajeron una nocilla que estaba buenísima...!¡Ñami, ñami!

Por Navidad, mi madre me regaló una olla programable. Me encanta hacer mil experimentos con ella. Robotita ya es una más de la familia. Aunque del ensayo error un día surgieron las panensaimadas (ensaimadas como piedras pero muy apetitosas) el resto de cosas han salido bastante bien.
Pero no hay nada como la sencillez de la cocina de mi mama. Yo soy incapaz de hacer macarrones o pasta como ella. No llego ni de lejos a su nivel. Mira que son simples pero de verdad que buenos, buenos. Sus albondigas con tomate te estallan en la boca a cual bomba de neutrones y su megatortilla, de casi  un palmo de gruesa, hace que te relamas los bigotitos. Mi primo javito, cuando viene a la city, mi madre siempre le tiene preparado un supersandwich que hace que necesitas dos bocas para pegarle un mordisco. Y hace poco, una amiga de toda la vida me recordaba lo impactada que se quedó un día que mi madre nos preparó una ensaladilla para comer. Me preguntó si yo la hacía igual. ¡Ya me gustaría a mi tener tanta paciencia! 

Ah, pero amigos, los diamantes de la casa son mis croquetas. Allí por donde las paseo desaparecen a la velocidad del rayo, reciben siempre halagos y son apreciadas por todos. ¡Que por mis croquetas, matan!
Y es que a mi, al menos, me encante ver la cara de la gente cuando le da un mordisco a la croquetilla. ¡Si es que se les ilumina la cara! ¿El truco? ¡Hacerlas con mucho amor y mucho cariño! Como podéis ver en la foto, este año, por fiestas, hicimos un pica-pica en el trabajo y decidí decorarlas como si fueran caga tiós (figurita típica catalana que se pone en el belén). 

¡Ay, si yo fuera rica, alimentaría a medio mundo!

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