miércoles, 25 de junio de 2014

Un barco cargado de... (Menorca 2014, 1ª parte)

Hace poco, con unos compañeros del trabajo comentábamos cual fue nuestro primer libro. Para algunos de ellos, fueron cómics que ahora se cotizan como grandes reliquias de ayer y de siempre. Para mi, del que tengo alguna reminiscencia lejana de mi infancia sería Un barco cargado de... Era un libro de lengua que en cada página te indicaba cual era la carga del barco. No sé si educativamente era bueno o no pero después de años y más bien paños*, puedo añadir una página más: Un barco cargado de... risas y aventuras. Menorca 2014

Todo empezó en la plaza que hay en frente de la Basílica de la Mercè, cuando P, cerveza en mano, lanzó al aire la propuesta de ir a Menorca en velero. La idea me pareció increíble y cuando dijo el precio, mis pequeños ojos redondos no dejaron de afirmar compulsivamente a cual tontica del bote. Poco a poco se fue gestando el viaje y finalmente el 20 de junio llegábamos a Port Ginesta para embarcar.

Allí, nos encontramos que una clínica dental había organizado un festín para inaugurar su centro en el puerto. Habían tirado la casa por la ventana, habían contratado una banda de rock y a todos los que pasaban por ahí les invitaban a una cocktail de cava y a unos canapés. Entre manduca variada se podía encontrar, en una mesa apartada, un gran surtido de polvorones. Y ahí es cuando me dí cuenta que el viaje sería de todo menos normal. ¿Quién en su sano juicio decide abrir un centro dental en un puerto y para celebrarlo invita a polvorones en el mes de junio a los viandantes del puerto...? 

En fin, sigo, sigo, que sino esto no me lo acabo. Ahí conocí a A y N, que apenas había podido hablar con ella en el coche de camino, eran el resto de la tripulación que venía con nosotros y que por motivos de agenda todavía no había podido verles. En total eramos 6 grumetes, A que hacía la función de contramaestre y el capitán. Cuando la fiesta empezó a decaer decidimos marcharnos y poner rumbo a ses illes. Recuerdo el momento de cruzar la pasarela del barco y pensar "bueno, pos ya esta, no hay vuelta atrás. Cuatro días encerrada en un barco con siete personas más, con lo antisocial e introvertida que soy ya verás tu..." Pero la cosa salió bastante bien, por lo que no descarto que el próximo viaje sea a una colmena de abejas africanas, a ver si se me pasa la tontería de las fobias absurdas.

Al principio, es todo un poco desconcertante, yo ya de por si y por un problema médico camino poniendo los pies por casualidad en la tierra; imaginaros lo que es si encima las olas te están zarandeando. Vamos que el equilibrio se te va a tomar por el culo y la cabeza a cuenca. Pero como me había tomado una pastilla milagrosa anti-mareos, un par de canapés y una croquetilla tenía el estómago a prueba de cualquier centrifugado náutico que pudiera haber y la travesía pasó más o menos bien. Los primeros minutos los dediqué a despedirme mentalmente de los malos rollos que dejaba en la city y mirando el skyline de Barcelona Ll y yo soltamos un "¡Ahí os quedáis!" desde el fondo de nuestras almas. Luego, atentamente escuché el funcionamiento del wc, de vital importancia para sobrevivir con dignidad el trayecto: Gira la pestaña a la izquierda, palanca para afuera, manchar dos tres veces, gira pestaña derecha y volver a manchar dos o tres veces más, o al menos, eso es lo que yo entendí en ese momento; no descargo que en todo el viaje lo hiciera mal. El capitán nos dio cuatro nociones de seguridad y pim pam pum, nos pusimos a cenar en medio de la nada con las luces de Barcelona a nuestras espaldas y la Estación Espacial Internacional cruzándonos de popa a proa a una velocidad de vértigo con nuestras caras de asombro y con la boca bien abierta sin miedo a que nos cayera una estrella fugaz dentro. Para postres nos explicaron como iba el tema de las guardias y organizamos los camarotes para poder dormir. A mi me tocó compartir cubículo con J, muy buena compañera, gracias a Dios ni roncaba ni se tiraba pedos. No digo que el resto lo hiciera, eh. Aunque el tema olores humanas en concentrado da para escribir un libro a parte. 

No os lo negaré, la ida fue durilla. Durante horas, te girabas para delante y no veías un carajo. Mirabas para atrás y las luces de Barcelona que antes te parecían tan bonitas y maravillosas, a las tres horas de viaje, ya dejaban de serlo para convertirse en una puta agonía en el fondo del horizonte. Dormíamos 2 horas y nos volvíamos a cubierta para acompañar a O, el capitán o a A para que nos llevaran por buen rumbo sin sucumbir en los brazos de Morfeo. Quizás es lo que más me ha gustado del viaje, esas charlas que tienes en alta mar. Yo siempre he sido de conversaciones en petit comité y en la bañera (lugar donde se come y se pasa la mayor parte del tiempo en un barco) es el sitio ideal para ello o para hacer una masterclass de vela improvisada. La pena, es que depende como sople el viento no te enteras de ná y las palabras se pierden entre el oleaje.

Pasadas algunas horas, muy muchas, no recuerdo cuantas, llegamos a la bonita isla de Menorca. Tiramos ancla y sin llegar todavía a tierra comimos unos buenos entrecots que Ll fue a bien de traernos junto con un vino excelente. Nos quedamos medio pajaritos y nos dirigimos a un puerto recóndito de la isla que parecía un estanque. Si no recuerdo mal el lugar se llamaba Addaia, el pueblo no era gran cosa, y al ser de noche tampoco vimos mucho, pero había un bar y una tierra que no se movía y eso ya era mucho después de estar 24 horas metidos en un vaivén continuo. Aunque el mal de tierra, te juega malas pasadas y no te deja olvidar fácilmente esa sensación.

Al día siguiente, nos levantamos con las vistas de un paraje espectacular y después de desperezarnos, estirar los músculos y desayunar nos fuimos para disfrutar de un día de playa a poco más de una hora de donde nos encontrábamos.

Y lo dejo aquí, que sino, esto se os va hacer eterno. Pero a modo de avance y más que nada para engancharos a leer el siguiente post, os diré que las zodiacs, en ocasiones, parece ser que es normal que se vuelquen... 





* Frase hecha del catalán: anys i panys. No tiene sentido alguno pero se viene a referir a muchos años.

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